La llamada "masacre de la UCA" cobró la vida del rector Ignacio Ellacuría y de Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Amando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López, así como Elba Ramos y la hija de ésta, Celina, de 15 años.
Ellacuría y sus compañeros eran hombres de ideas firmes, que daban en sus escritos aportes a a la solución pacífica del conflicto armado en El Salvador y profundizaban en el análisis de la realidad del país mediante la investigación.
Hasta su muerte, el rector dirigía la revista Estudios Centroamericanos, ECA. Pocos meses antes de su asesinato pronunció una frase lapidaria: " No queremos una guerra que dure cuatro cinco años; porque dentro de cuatro ó cinco años no vamos a estar agónicos, vamos a estar muertos".
La noticia de la masacre estremeció al mundo, mientras San Salvador experimentaba desde el 11 de noviembre la realidad de la guerra que era cotidiana para buena parte del resto del país desde inicios de la década.

Afiche conmemorativo al XX Aniversario de la masacre de la UCA. Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, San Salvador.
20 años después el país sigue dividido y polarizado, no se ha reunificado y reconciliado; además, enfrenta la cruda realidad de la violencia, expresada en una tasa de homicidios que han logrado niveles de pandemia en el mundo.
También sigue siendo presa de la vulnerabilidad, consecuencia de elementos como tierras frágiles asentadas en cenizas y lava volcánica no consolidada, deforestación, prácticas agrícolas inadecuadas y desarrollo urbano desordenado.Ejemplo trágico es el vivido por los habitantes de varias municipios de los departamentos de San Salvador, San Vicente, La Paz , Cuscatlán y Usulután por las lluvias, otra madrugada, la del 8 de noviembre.
La cifra de muertos es cercana a los 200, cerca de un centenar de desaparecidos, daños materiales millonarios en propiedades, cultivos, red vial, puentes.
En Verapáz, San Vicente, símbolo de la destrucción y tragedia, un hombre limpia los escombros de su vivienda, y recuerda impotente cómo vio pasar dos camiones llenos de gente literalmente arrastrados por la corriente sobre la segunda avenida norte, convertida en un río por el alud proveniente del Volcán Chinchontepec.
" Yo oí los gritos de la gente desesperada.... y pensar que todos murieron", dijo, mientras remueve lodo y está convencido que la vivienda es inhabitable.
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